Liguria, relato de un viaje

Las navidades del 2008 tuve la suerte de visitar la Liguria italiana. La verdad es que estuve un par de años atrás por unos días y no tuve tiempo de conocerla en profundidad.  Liguria, también conocida como la Riviera italiana, ocupa la costa occidental italiana en su frontera con Francia. Por el sureste limita con la Toscana y las montañas, por el norte y este, le separan de Piemonte y Emilia Romagna.

Lo primero que me sorprendió al cruzar la frontera francesa, era de noche, fue el engalamiento de los pueblos. Calles principales repletas de adornos y luces de navidad. Palmeras, árboles cítricos, edificios, nada escapaba al ornamento. Monumentos también ataviados, hasta el más mínimo detalle. Parecían pueblos luciérnaga.  Estaban como cubiertos por una cúpula de luz. Muchísimos negocios y gente por la calle. La verdad es que todos los pueblos que cruzamos hasta llegar a nuestro centro de operaciones, Loano, eran, o a mi me lo parecían, preciosos. Mucha limpieza y muy buena conservación, sobretodo de lo que es el patrimonio histórico. Me sorprendió el despliegue de medios de los ayuntamientos. No me extraña si tenemos en cuenta que cobran por todo. Es alucinante que haya que pagar en las playas por utilizarlas. Yo no sé si será en toda Italia pero en la costa ligúrica sí. Resulta, cuando me lo contaban no podía dar crédito, que del quilómetro de playa que pueda haber en un pueblo sólo el 10% era de uso público, es decir 100 metros. El resto son empresas privadas que tienen montado su chiringuito y o bien eres socio o bien pagas por entrar. Es muy fuerte observar hasta que punto estamos llegando con la especulación urbanística.

Al cruzar la frontera de Francia lo único que estaba claro era que tal como se llegase a Italia había que tomarse un expresso. Era imposición de mis acompañantes. Yo no soy amigo de los cafés pero dicen que es  de los mejores del mundo, y más viniendo de Francia donde, según parece, es de los peores. En Italia los cafés se suelen servir muy cortitos y se suelen tomar en mayor número que aquí en España. Se les llama expresso.

Mi hermano, uno de mis compañeros de viaje, que a su vez me hizo de guía por ser novio de italiana y conocerse la región mejor que muchos de los autóctonos, me contaba las connotaciones que van ligadas al café dependiendo de la cultura a la que pertenezcas.  Me explicaba que compartió piso  con un portugués y un italiano. Bueno, la historia es que un italiano está acostumbrado a tomar el café a todas horas del día y cuando su único propósito es tomárselo se lo toma de pie y no ocupa más de cinco minutos para ello, entra y sale del bar o cafetería. Efectivamente, así lo observé.  Sin embargo, parece ser que el café para los portugueses es indisociable  a una charla, que suele durar del orden de los  30 minutos en adelante. El español, a su vez, es un término medio.  Las discusiones y malhumoramientos  en torno a tal cuestión eran continúas. Resultado final, todos se acabaron adaptando al español, en este caso mi hermano. Todos los tontos tienen suerte se suele decir, je, je.

Volviéndo al viaje,  me gustaría también romper una lanza a favor de los italianos y desmontar el tópico, arraigado sobre todo aquí en España, de la chulería o arrogancia de los mismos. A nosotros nos recibieron muy afablemente. Estuvieron en todo momento muy atentos y cordiales. Me hicieron sentir como en mi casa, es más, me atrevería a decir que como en casa de mis abuelos, que en mi caso particular es sinónimo de excesos y sobreprotección.

Nuestra estancia en casa de mis consuegros fue de unos 5 días con todos los gastos pagados. Cómo se me ocurriera hablar de dinero me echaban. Evidentemente, no hablé.

Desde allí fuimos haciéndo pequeñas excursiones conociendo los pueblos próximos y representativos de la zona, así como Génova, en la que pasé el fin de año. De Génova vi poco. Me sorprendió la longitud de la ciudad y el entramado de carreteras, lo que sería el cinturón que la recorre por arriba. Otro aspecto a destacar serí el puerto que denota la importancia que éste tuvo en épocas anteriores así como diferentes palacios de estilo renacentista y barrocos.  Por lo demás la recuerdo como una ciudad fría y oscura.

De los pueblos como fueron numerosos no me explayaré.  Eran pueblos de no más de cuatro pisos de altura, generalmente de piedra y con iglesias y campanarios imponentes. De entre todos destacar Cervo y su catedral de mármol. Impresionante.

Otros pueblos dignos de mención, a mi parecer, son Borghetto, Alassio, Calissano.  Este último lo destacaría por ser un pueblito completamente nevado en medio de un valle en la montaña a no más de 30 minutos de la playa. El contraste playa montaña fue lo que me sorprendió. A parte, claro está, de los destinos más turísticos como puedan ser Portofino o San Remo. El casco antiguo de este último es espectacular. De la altura del mar, donde se úbica el famoso Casino de San Remo, parten numerosas calles  estrechas y serpenteantes en subida con numerosos rincones y escaleritas. Recuerdo hablar con mi hermano de lo apropiado que sería grabar allí una escena de persecuciones callejeras a lo más estilo James Bond. Las calles conferían a la ciudad un ambiente misterioso. De lo más bonito del viaje.

Otro destino turístico es Cinque Terre. Simplemente espectacular.  Lo mejor del viaje. Se trata de cinco pueblos Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore dispuestos verticalmente en acantilados y riscos y cuya economía, a parte del turismo, se basa en la pesca y en la agricultura. Muy interesante me pareció la disposición de las tierras de cultivo en la montaña como si de terrazas se trataran. Me encantó el colorido de sus casitas  y el contraste de pueblo turístico y pesquero. Me acuerdo perfectamente en Riomaggiore de unos pescadores subiendo una barca mediante una polea a motor en lo alto de un risco mientras los turistas, no pocos, entre los que me encontraba yo, le mirábamos anonadados.  Había una rampa de unos 200 metros con no menos de 20 barcas dispuestas a lo largo de la calle principal del pueblo formando un pasillo en medio y guareciendo a las casas que formaban la calle.

Lo peor el tener que pagar para poder ver los cinco pueblos que forman esta porción de costa. Te cobran 5 euros por persona para poder utilizar una serie de caminos montaña a través que comunican los pueblos entre sí. Lo que 0curre es que muchos de los tramos de caminos por los que habías pagado estaban cortados por desprendimientos o por labores de conservación por lo que tramos del recorrido los tenías que hacer en tren, que a su vez también tenías que pagar. Es un poco lo que comentaba anteriormente. Hay que pagar por todo. Por ejemplo, no vi ni un museo ni una iglesia de las importantes  en Génova o Florencia, Toscana, donde acabé mi viaje, donde no hubiera que pagar. De hecho estando viendo la televisión italiana apareció una noticia que afirmaba que para entrar a la plaza de San Marco en Venecia se estaba barajando la posibilidad de que se pagara. Mi hermano me explicaba que necesitan cobrar por todo puesto que pegan una patada a una piedra y sale una ruina, y estas ruinas hay que mantenerlas. Es lo que pasa cuando estas en el territorio más importante y representativo del imperio romano.

Tuve además la fortuna, a ver si resulta que voy a ser como mi hermano, que Antonio, el suegro del mio fratello, era pescattore y que Rossana, la mamma de la fidanzata de mi hermano, era cuccinera. Esto unido a mi buena disposición para comer imagínense como acabó. Mejor se lo digo yo, con cinco quilos de más, que cuando uno vive solo son de agradecer, básicamente para la cartera, teniendo en cuenta los gastos de la semana posterior, cuando quieres perder los quilos de más  y suprimes gran parte de los víveres de la cesta de la compra. Cuan agradecido estoy.

La comida en Italia es súblime, excepcional. Nosotros además, valga la redundancia, estábamos en la casa de una cocinera y de un pescador. Probámos una gran variedad de pasta casera: gnochi, spaghetti, penne, tagliatelle. Pasta aderezada de múltiples formas, arrabiata, con ajo, tomate, alla pescatore, con marisco y sobre todo, y lo más típico de la zona, con salsa pesto. Comimos también queso de diferentes tipos, a cuál más bueno. Se solían utilizar para cocinar, riccota y parmesano,  o para untar en pan, gorgonzola. Otro alimento típico de la zona es el conejo o la ternera. Antonio nos obsequió con atún en conserva y unas anchoas sabrosísimas. Además poseía una pequeña bodega de vino clandestina en el garaje. Pudimos asistir a una magnífica clase de como hacer un vino de la especialidad Brunello. Supongo que ahora empezarán a entender cómo pude engordar esos cinco quilos. Y eso que me controlé. Por si no fuera poco, cuando acababas de comer asistías, ya saciado hacía rato, a una degustación de postres de la zona: bombones baccis, pan genovés, hecho de frutas confitadas, pasas y frutos secos y pizzas dulces, rellenas de castañas y fruta confitada. Una auténtica aberración. Si no que se lo pregunten a mi novia, cocinera y estudiando pastelería. No cabía en sí misma. No olvidemos tampoco los helados ni las pizzas, por los que Italia es conocida en el mundo entero. No había pueblo donde no encontraras una gelateria y una pizzeria. Estuvimos también en Recco donde probé su famosa focaccia. Espectacular.

Hubo una última cosa que me llamó la atención y fue que en fin de año, en vez de comer uvas, se comen lentejas. Fue una experiencia muy gratificante. Hoy en día puedo afirmar que he estado en uno de los países con más encanto del mundo. Y me gustaría dar un consejo a la gente: hay que salir al extranjero, viajar, y nos daremos cuenta de que no somos el centro del mundo y de que nos parecemos mucho más a otras poblaciones o culturas de lo que creemos.


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~ por nestorparradolloro en 30 marzo 2009.

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